GAZE

1 comment
Pensaba que los animales nos servían, que los perros son una carga, hasta que en un instante todo cambió. Acompañé a una amiga a un Centro Integral de Protección Animal, comúnmente denominado "perrera". Transitamos por sus lúgubres pasillos, recorriendo toda su longitud. Miradas penetrantes se fijaban en nosotros, tal vez soñando que tras nuestra decisión se ocultaba su nueva vida.

En realidad creía que mi amiga se complicaba la existencia. ¿Para qué querría un " bicho" que solo ocasiona gastos y obligaciones? Pero bueno, le hacía ilusión.

Casi al final de la estancia, cruzamos por delante de una puerta. Dos ojos grandes de mirada intensa, me observaban fijamente. A diferencia que con el resto, no pude evitar corresponder. Meses, quizá años de sufrimiento, plasmados en unas pupilas dilatadas por la emoción de la escena. Mis entrañas dieron un vuelco hasta que escuché mi nombre y volví a conectar con el mundo. Mi amiga ya había escogido.


Esa mirada me dejó marcado. Di tres vueltas a la luna soñando con aquella perra. Muy grande, muy fuerte, pero a la vez tan débil que sentía la obligación de protegerla. Soñaba cosas buenas, también imaginaba los horribles episodios que la aguardaban allí. Al tercer día, mi corazón debió de aumentar de tamaño y se apoderó de todo mi cuerpo. Sin darme cuenta me encontraba ahí, frente al centro, correa en mano, dispuesto a rescatar a aquella perrilla de ojos penetrantes.

Entré decidido, anduve hasta aquel chenil y de repente, me detuve en seco. Estaba vacío. ¿Dónde paraba esa perrita? Mi rostro debía delatar la preocupación, me dijeron que "ya había cumplido el plazo de espera". ¿Eso quería decir que...? ¿Quiénes somos nosotros para ponerles fechas de caducidad a las vidas?

Me quedé un rato inmóvil frente a aquella puerta, incapaz de articular palabra. Un muchacho que andaba por allí me llamó y me llevó frente a otra jaula. En su interior, una perrilla muy parecida a la que me cautivó, no se atrevía ni a mirarme. El chico me explicaba que era un cruce de alano, que se trataba de perros potencialmente peligrosos y que si hoy no la rescataba, mañana sería su día límite. Sin pensarlo me la llevé.

Llegamos a casa. Aún tenía en la cabeza a la otra perrilla. Me torturaba pensando en si hubiera ido un día antes... La nueva inquilina se escondió en la habitación. No salió de allí en todo el día, yo tampoco me levanté del sofá.

Por la mañana fui a verla, la volví a obServar y me di cuenta que ni tenía a nadie, ni había tenido a nadie en su vida. Era su única oportunidad. Me pasé un día entero sentado en el suelo sin mirarla, hasta que, como si de un milagro se tratase, se acercó y comió de mi mano. Desde ese instante supe que seríamos inseparables.

Pasaron las semanas y Gaze, que así la llamé en honor a la mirada de la otra perrilla, se adaptó genial. Yo a ella también. Mi vida dio un vuelco. Cambié las noches de fiesta de los sábados, por las mañanas de domingos en el parque; las vacaciones de hotel por retiros tranquilos para los dos; las cervezas de después del trabajo por paseos nocturnos. También, el dormir solo por la sensación de tener a alguien siempre a tu lado, las comidas en compañía, y el regresar a casa y que alguien te reciba con todo el amor de su corazón.

Pasé de no comprender nada, a ser yo el incomprendido. Sí, sí, yo era de esos idiotas ignorantes que pensaba que un perro era solo un perro, y un animal solo un animal; que cuando adoptabas uno, lo salvabas, cuando en realidad, son ellos los que nos salvan a nosotros.

María Jesús Serrano Chávez

1 comentario:

Con la tecnología de Blogger.