A NUESTRO ALREDEDOR

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El habitual paseo de cada día con mis compañeros de vida, que corren al encuentro de sus congéneres peludos (yo no de los míos humanos, he de decir) me devuelve a la triste realidad de este país de aprovechados y e irresponsables. “Está como loco hoy, me cuenta mi vecino, ahora que está receptiva la boxer de Fulatin@, lo voy a cruzar con ella, van a salir unos cachorros bien guapos”…

El año pasado, los dos que consiguió y vendió le pagaron el veraneo. ¿Dónde acabaron esos cachorros? Qué más da, se los pagaron bien, aunque parece que uno de ellos le duró poco a la familia que lo adquirió. Al mes de su compra, lo “regalaron” , aún perdiendo el dinero que les costó, porque “era muy nervioso”. Pregunta: ¿Y qué pasó con los que no se “colocaron”?...no hay respuesta.


Ni siquiera esgrimir el argumento de la necesidad económica sería motivo suficiente para dar como válida moralmente esa utilización de un miembro de tu familia, que no puede opinar ni elegir. Arriesgar su salud, exponerlo a tumores cancerígenos prolongando su vida fértil, hacer pasar a la madre por el trauma de amamantar a sus bebés para luego ir arrebatándoselos uno tras otro. Para vivir dignamente no es necesario quitarle la dignidad a otros.

Si al menos todos esos animales que se comercializan acabaran sus vidas con la familia que los compró. Pero la realidad demuestra lo contrario: miles de ellos están condenados a acabar, y eso con suerte, en refugios y protectoras, porque no los quisieron suficiente, porque sus compradores no estaban preparados para ellos, porque nadie les exigió ni les advirtió. Porque muchos de los que pagan por el capricho, llegado el momento, si éste no les satisface, les sirve a sus fines o les estorba, simplemente se deshacen de él.

Todo sería más fácil si la Ley amparara a estas víctimas de la irracionalidad humana. Si las denuncias se generalizaran y prosperasen sin hundirse en la lenta maquinaria judicial. Quienes nos sentimos en la necesidad de hacer algo al respecto, no tenemos una legislación contundente que respalde nuestra iniciativa y voluntad de denunciar. Sí, se han dado sentencias ejemplarizantes, pero muy aisladas. El rayo de esperanza que supuso el Anteproyecto de Ley que iba a regular la prohibición de la compraventa de animales entre particulares, la exigencia de estrictos requisitos legales para los criadores y la prohibición de la venta fuera de ese circuito, etc. se esfumó cuando, a finales del 2015, el Gobierno abandonó la propuesta presentada. El gran negocio que mueve el tráfico de cachorros, los criaderos y criadores ilegales, es enorme, y su regulación compleja. ¿Quién se va a meter en ese “fregao”? El que venga detrás, que se arriesgue. Quien está en el poder no siente la suficiente presión como para bucear en aguas sucias.

Y mientras, prospera la cultura de lo “nuevo”, del “no quiero nada que otro haya tirado”, sea un ser sitiente o una cosa. Cultura de lo bonito, lo fácil, lo inmediato, que nos está convirtiendo en una sociedad superficial e inmisericorde.

Al negocio del particular que se dedica, cuando le conviene, a aprovecharse de su animal, le supera la mafia de los criaderos ilegales. Sin control, se nos está yendo de las manos. Pero, reconozcámoslo, gran parte se alimenta desde nuestros propios hogares. Cada animal que se compra, provenga de donde provenga, fomenta la explotación de unos seres que no verán crecer a sus hijos y que son cosificados como máquinas expendedoras de dinero, mientras condena a otros al corredor de la muerte. Criados para morir en la tristeza del abandono.

Esperamos de un Gobierno una regulación, que sí, debemos exigir, pero a nuestro alrededor convivimos y toleramos en el pequeño universo de lo cotidiano, a nuestro vecino comerciar con su familia; a la tienda, veterinario, pequeño negocio que no nos cobra IVA ni emite factura, y se lo agradecemos y pagamos y no nos preguntamos qué hay detrás de eso.

Comencemos a preguntarnos. Y a exigir esa legislación, y denunciar y repudiar…Está a nuestro alrededor.

Mª Esther Jurado Escalante

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