TORDESILLAS DOS MIL DICECISÉIS

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Uno de los principales problemas que las sociedades actuales de Occidente encuentran es el del empleo interesado de la cultura como un todo homogéneo y estático. Desde esta perspectiva, la cultura, ese ente situado por encima de quienes la ponen en práctica, sobrevuela y dirige, determina y escoge; las personas que pertenecen a una cultura concreta son iguales, siempre lo han sido y siempre lo serán. Este falaz sentido de la cultura, el que habla, por ejemplo, de la santidad de la cultura española, nos mete a todos en el mismo cajón, nos obliga a acatar unas normas –independientemente de si son contrarias o favorables a nuestros intereses- y oculta disidencias internas, como las que surgen entre quienes creen en el dominio del hombre sobre la mujer y quienes lo combaten, entre quienes luchan por el derecho a decidir y quienes prefieren silenciar las opiniones contrarias, o entre quienes promueven la tortura de animales y quienes la enfrentan. Sin embargo, la cultura como concepto antropológico es acción en relación, lleva implícito el cambio; sin cambio, no hay cultura. Las tensiones internas y la revisión de sus formas y contenidos son carácter de la propia cultura. Cambian los valores, las formas de organizarnos, las maneras de relacionarnos y el lenguaje. Todo cambia. Si no, no hay cultura.


Tratar de presentar la cultura como algo estático sirve, a aquellos grupos que ostentan el poder, para mantener las estructuras actuales que satisfacen sus lucros. Aquellos que etiquetan a una comunidad (como la que vive en Tordesillas, por ejemplo) como un todo homogéneo, desprecian el potencial de cambio que existe en su interior y refuerzan las percepciones de quienes ven a la razón como un intento de imponer la opinión de “los de fuera”. Obviamente, esto sirve para apuntalar la hombría española que impide el desarrollo de ideas transformadoras. Sin embargo, en Tordesillas, como en el resto del Estado, como en todo el mundo, las cosas cambian.

El significado que el toro de la vega ha adquirido en los últimos años es el triunfo de un sistema sustentado en discriminación, dominación y desprecio. Una victoria del clasismo, el machismo y el especismo. La tortura de animales para diversión en general, y la tauromaquia y el toro de la vega en particular, constituyen rituales en los que se manifiestan los valores de las sociedades que las ponen en práctica o las toleran. Estas liturgias legitiman modelos de relación verticales basados en el ejercicio de la violencia de quien tiene el poder sobre el resto, en este caso, los humanos sobre otros animales. Y como todo está relacionado, hay más. En los crueles festejos populares cristaliza el clasismo intrínseco al modelo fragmentado de capitalismo, presente en la sociedad española y, cayendo en la trampa que nos tiende, consigue que alimentemos la discriminación que desprecia sistemáticamente a otros seres humanos, naturalizando la violencia en esas personas.

El toro de vega no es un hecho aislado llevado a cabo por personas con trastornos mentales que hay que erradicar. Y tampoco las que defienden los derechos de los animales -humanos o no- son seres extraordinarios tocados por una sensibilidad especial. La tauromaquia no es una patología personal hereditaria, es una enfermedad social. Si enfocásemos la realidad de otro modo, no habría esperanza, porque no hay forma de cambiar las esencias. Ni la gente de Tordesillas que apoya este tipo de festejos porta nucleótidos asesinos en sus genes, ni las animalistas llevan cromosomas angelicales. Ambas partes constituyen los dos extremos de un continuo. La primera, una forma de adaptación al sistema de unos hombres alienados, frustrados por unas estructuras que los desprecian. Hombres engañados a los que se les muestran, disfrazadas de tradición, sus propias cadenas engarzadas a base de lanzas, sangre, insultos y muerte, para convencerlos de que son los grilletes que los atenazan la garantía del ejercicio de su libertad. El elitismo urbanizador construye un sujeto rural distorsionado y lo embrutece. Así, consigue el antagónico que necesita para legitimarse y erigirse en estandarte de la civilización que, no puede ser de otro modo, representa el final de la historia. Clases dominantes de prohombres que firman TTIPs y diseccionan con guante blanco la carne de terneros llegada de asépticos mataderos donde mueren madres, hijos, hermanos y amigos, mientras utilizan las fiestas populares para desmarcarse del “primitivismo” inaceptable de la prehistoria.

La segunda, la de quienes plantean modos de relación basados en valores de respeto, justicia y solidaridad hacia todos los seres con vidas propias, son el anhelo de toda sociedad por mirar más allá. Esas personas son la expresión de un cuerpo social que pugna por un mundo que tienda a disminuir el sufrimiento.

Los seres humanos no somos sádicos, malos o buenos por naturaleza, no hay argumento científico que soporte tal afirmación. Podríamos decir que nos comportamos de diferentes maneras. Las acciones que determinan tales comportamientos están dibujadas por los agentes de socialización. Por lo tanto, necesitamos construir una sociedad basada en relaciones donde se atienda a la satisfacción de los intereses de todo aquel y aquella que los tiene, al sufrimiento de quien lo padece, independientemente de la etnia, el sexo o la especie. Debemos caminar en ese intento. Cualquier espacio en el que se mantenga el abuso y la violencia como forma de relación, servirá de correa de transmisión de esos valores hacia otras partes de la socialidad.

Este año, algunas figuras mediáticas políticas, atendiendo exclusivamente a lecturas demoscópicas, han pedido la abolición del toro de la vega o la del toro de Coria. Desde otra perspectiva, las personas activistas han planteado una reflexión sobre nuestra relación con los otros animales desde una vindicación más justa. El primero instrumentaliza la agonía de un mamífero con fines electoralistas. Las animalistas han despertado debates en torno a la cosificación de los animales y su estatus de propiedad, así como su consideración como personas con derechos propios.

La cuestión es si maniobras como el decreto-ley del diecinueve de mayo servirán de disfraz de payaso amable con el que el horror del antropocentrismo moral se camufle o si, por el contrario, el antiespecismo será capaz de aprovechar estos símbolos, sin apaciguarse, para iniciar una senda que ponga encima de la mesa la discusión profunda y urgente sobre la esclavitud que soportan otros animales en la Tierra.

Enrique Nafría

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