UNA VIDA EN UN MINUTO

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Allí van, pasos adelante a colocarse en sus pequeñas cárceles de madera, a la espera de la salida. Bozal en boca, como si de un manicomio se tratase, cuando los que deberían estar allí serían los que se los están poniendo.

3…2…1…”PUM”, pistoletazo de salida, miradas hacia los lados, hacia el frente, allí está la presa mecánica. Salen corriendo, hasta desgastar todas sus fuerzas, sin importar nada, ni siquiera su propia salud. Asfixiados, continúan una carrera en la que se juegan mucho, un puesto y dinero para los seres que caminan erguidos; para ellos, mucho más...comida, un techo, e incluso la vida. Todos sabemos el final de un galgo que “no sirve”.


Un tropezón y todo terminó, con suerte no será una fractura porque en tal caso no habrá un nuevo día para él, su final, nadie lo sabrá.

Esta ridícula competición continúa, todos se esfuerzan al máximo por sentir lo que ellos consideran un poco de cariño. Todo finaliza y el “campeón” se lleva la medalla y su “dueño” un fajo de billetes en el bolsillo. Con las almohadillas desgastadas, las patas doloridas y sin aliento, abandonan todos el lugar. Unos con algún que otro golpe de esos inhumanos frustrados por sus pérdidas, otros con halagos, esperando su ración de comida y que al menos les dejen descansar esa tarde y no les obliguen a entrenar tras un coche, como si de máquinas se tratase.

Llega la noche, y van a sus “perreras”, otra noche han llegado a ver, a la espera de qué les deparará mañana, si serán capaces de ganar o “dar la talla”.

Esta es la triste realidad de las “carreras de galgos”, una actividad más que cosifica a unos perros tan nobles como son los galgos. Ver a un galgo correr es algo hermoso, pero siempre y cuando lo haga jugando, felices, libres… siempre libres.

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