POR EL CAMPO Y LA CONSERVACIÓN... ¡NO! A LA CAZA

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El invierno es duro en ciertas zonas del mundo, la nieve oculta los escasos recursos de los herbívoros, que hallan dificultad en encontrar alimento. Ventiscas heladoras, gruesas capas de nieve, un frío aterrador para cualquier animal de sangre caliente, posibilidad de accidentes, depredadores cada vez más agudos y peligrosos.... encontrando en los tachos de hierba y en el bosque la única posibilidad de sobrevivir a las condiciones de la vida natural. En la primavera muchos son ejecutados a manos de cazadoras humanas, sin ningún respeto por la terrible prueba anual de los ungulados. Llegan con su estultez armada, con su fascismo y su brutalidad -heredada de más brutalidad- y con una simple presión de dedo, revientan una cabeza, abren un cuello, atraviesan un lomo y extinguen un universo.


Con el sabor amargo todavía por la ejecución de dos agentes forestales realizado por una persona ecoterrorista simpatizante de ultraderecha en Lleida, las autoridades se quejan de no poder ir armadas como las personas que ejecutan animales en el monte, lo cual recuerda al juego milenario de los machos humanos divirtiéndose despedazándose, midiéndose a ver quién la tiene más grande. El viejo cruel juego. La caza, como la pirotecnia, es la ruidosa alegoría de esa parte de la sociedad que arma mucho jaleo cuando no tiene nada que decir. Antes las personas que cazaban se vestían de camuflaje, ahora van con chalecos reflectantes para no matarse entre ellas, pero en realidad hablamos de gente armada, que reciben aprobados en los exámenes psicotécnicos de modo a veces fraudulento. No pocos asesinatos de personas humanas son llevados a cabo con armas de fuego inicialmente destinadas al asesinato de personas no humanas.

Pobres machos cazadores, pobres imbéciles éticas, codificados en el show de la testosterona. Pobres payasas sin circo a la altura de su patetismo, acarreando todo su superávit de esperma como fofas bolsas de semen. Pobres vidas al servicio de los videojuegos, de la violación colectiva, los fusilamientos de vida salvaje y la ejecución de toros en coliseo. Ofenden al humanismo con su comportamiento depredador. Parasitan de los logros de su especie, asesinando billones de personas en mataderos y granjas, disfrutando la naturaleza destruyéndola. Pobres machos protohumanos. Enmuchados, amuchados, agrandados por su miedo y sus complejos de pene pequeño. Adornados con la falacia megalómana que sitúa a las personas no humanas como peldaño, con objeto de que nuestra protoespecie pueda fantasear con algún tipo de superioridad. Esa misma que decidió un día que la tierra era plana, la mujer poco valiosa, la tierra un recurso o un árbol su peso en madera. La imbecilidad ética, dueña y señora de nuestra historia, se topa de bruces con la desobeciencia civil y ante un pensamiento crítico que desoye los chillidos histéricos de la civilización, apartando los obstáculos que la avaricia o la soberbia interponen. Lo correcto suele disidir de lo rutinario, nada escrito posee valor sin actos detrás que lo avalen. Somos lo que hacemos y el error no puede hacerse un método de vida. Si erramos, rectificamos, y si no lo hacemos, debemos desaparecer de la toma común de decisiones. El derecho a matar es un error, se use el argumento que se use.

La cinegética exige competitividad, acoso, derribo, persistencia enfermiza, obsesión y ganas de destruir. Son las bases del patriarcado, y es algo que sucede hace mucho tiempo y queda en la historia de la infamia como todo y en la de los comportamientos sociales. Proveniente de tiempos brutales y bastos, no es un episodio oscuro de nuestra especie si siguen haciéndolo como hace décadas, con los mismos métodos, cerca de nuestra casa o a miles de kilómetros. En el nombre de la esvástica o del control poblacional y del deporte, nazis, cazadoras, la misma conducta nauseabunda. Entran en las casas ajenas aplastando todo, avasallando, a veces de día a veces de noche, cuando duermen sus inquilinas. Disparaban sin preguntar, a bocajarro, al bulto, o secuestraban a las víctimas o se llevan a sus bebés para encerrarlos de por vida y torturarlos. Aullidos en muchos idiomas. Algunas bebés tienen suerte y mueren pronto, siendo reventadas contra el suelo o arrojadas a la hoguera o al río, otras decapitadas o fusiladas junto a sus casas, mientras las verdugas se fotografían sonrientes junto a los cadáveres. Eran simplemente crueles, orgullosamente humanas y superiores, ejemplos de una cultura de violación y violencia. Entraban en las casas ajenas, motorizadas y armadas hasta los dientes, con soliviantados perros de ataque, haciendo ruido, uniformadas y con focos deslumbradores y actitud de machos, tras de ellas un rastro de muerte, torturas, agonías y evisceraciones. Ocupan cargos de poder social y defienden los argumentos del miedo y la dominación en una sociedad enferma, blindan las leyes que lo permiten criminalizando la libertad y la vida. Son juezas, fiscales, mercaderes, tiene sangre azul o casas de adobe, son padres de familia y vecinas amables. Nazis y cazadoras. Llenas de carne, llenas de violencia. Eliminemos la carne y erradicaremos la violencia gratuita


Cuando la gente que practica ejecuciones deportivas salen al campo o bosque a disparar jabalíes, corzos, perdices o conejos, miran únicamente el tamaño de la presa. Los mamíferos sociales establecemos vínculos de por vida con primas, hermanas, madres, novias, compañeras sexuales o amigas íntimas de nuestra manada, igual en cada caso. Una manada atacada a la cual se la extermina por placer una individua, representa motivo de tristeza y un vínculo roto para una, varias o todas las componentes de la manada, como en el caso de las humanas. Terrenos cada vez más encogidos por la invasión de una industrialización agricultora, encierran a la fauna libre en guettos cada vez más reducidos. La presión de la codicia humana y la falta de depredadoras naturales (a quienes las ejecutoras destruyeron previamente), genera desequilibrios ecológicos. Por no mencionar las decenas de miles de perros disparados, estrangulados, arrojados a pozos, camadas enteras estrelladas en bolsas de plástico, exterminados por un colectivo de asesinas pertenecientes a banda armada, que utiliza el argumento taurófobo del “amor al toro que matan”, con la misma demagogia del amor al perro. El perro es una mera herramienta, como la escopeta, sin las cuales no harían más que arrastrar su patética osamenta por los matojos, porque no hay nada más inútil para la caza que un ser humano cazador.

Hay que prohibir la caza como se prohíben muchos otros comportamientos tan antiguos como tóxicos. La revisión de nuestras conductas no puede basarse en la vejez de ellas, porque la ética crece y las normas de comunidad deben adaptarse a ella. Sabemos del resto de los animales sólo las dimensiones de la esclavitud que les inventamos, creemos de su libertad lo que nos conviene por que obtenemos de que carezcan de ella, diseñándoles un Mundo Feliz con la certeza de que lo sera tanto como.... el nuestro. Hay que abolir la caza, la deportiva, la “reguladora” y la “conservacionista”, buscar los métodos existentes de evitar superpoblaciones (empezando por el control demográfico humano, principal causante de la mayoría de males) y usando de una vez la inteligencia, en lugar de la porra, la lanza o su versión moderna, la escopeta.

Xavier Bayle


Nota de la redacción: como organización plural en la que damos voz a tod@s l@s que tienen algo que decir respeto a la temática propia de nuestros fines, los artículos firmados muestran, bajo la responsabilidad de quien los suscribe, la opinión de l@s autor@s, no necesarimente los de  la asociación NAC.

1 comentario:

  1. Excelente artículo. #5deFebreroNoalacaza !!!!

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